Sitio de Información para Sacerdotes Exorcistas
 
Congreso 2009


La espiritualidad del exorcista

Quisiera iniciar leyendo un pasaje que siempre me ha llamado la atención, ya que en él encuentro siempre respuestas a mis interrogantes.

El pasaje lo leemos en el evangelio de Mt 13, 54. ¿De dónde obtuvo estos poderes y esta sabiduría? Hermanos, ¿de dónde obtenemos nosotros esta sabiduría y estos poderes que hacen posible que el demonio nos obedezca? La respuesta es clara: de Dios mismo; del único que tiene poder sobre el demonio y sus huestes. De él y sólo de él. De esa presencia amorosa de Dios en él mismo que, como hombre, permitía que se transmitiera libremente a quienes se le acercaban. Es por ello que Jesús fue fácilmente reconocido por los espíritus demoniacos: “Sabemos quien eres... Y sabemos que has venido a destruirnos” (Mc 1, 24).

Cuando la santidad de Dios se hace manifiesta en el hombre, los demonios tiemblan, saben que Dios lo habita y le ha comunicado su poder, por lo que ante un santo no tienen poder, no tienen salida; serán de nuevo expulsados al averno. En san Pablo encontramos el más preclaro ejemplo de la irradiación de esta santidad. Los demonios los conocían y sabían que con una sola palabra de él tendrían que huir, como es el caso de la chica aquella que adivina, poseída por el demonio, y que con una sola palabra san Pablo la exorciza (Hch 16, 16-18). En este caso vemos cómo el demonio conocía bien a Pablo y su misión, y cómo con una sola palabra el demonio obedeció y dejó libre a la muchacha. Algunos piensan que basta con seguir el ritual y con ello el demonio obedecerá. Esto es, por lo general, un error. El mismo libro de los Hechos de los Apóstoles nos ilumina sobre esta situación, cuando dos “exorcistas ambulantes” quisieron, en el nombre del Señor Jesús, echar fuera a un espíritu con resultados poco recomendables (Hch 19, 13-15). Vemos, pues, la importancia de irradiar esta santidad, ya que es ésta de donde proviene el poder para erradicar a los demonios.

Un exorcista que no vive en este estado de santidad verá pocos resultados en su ministerio, pues sólo de la comunión con cristo y con su Santo Espíritu, nos vendrá la fuerza para erradicar al demonio.

Debemos reconocer que somos hombres débiles que nos enfrentamos, como dice san Pablo, a las potestades y dominaciones espirituales (Ef 6, 12), por lo que nuestras armas para derrotarlas no pueden ser sino espirituales, como lo menciona la misma carta de san Pablo.

Fijémonos que los mismos apóstoles, que no habían terminado su formación espiritual, no podían expulsar cierta clase de demonios (Mt 17, 21), ya que para ello se requerirá un estado de santidad todavía más elevado. Esta vida de santidad se adquiere, como lo señalan todos los maestros espirituales, con una vida espiritual intensa, que se cimenta en cuatro grandes pilares:
• La oración
• El ayuno
• La lectura y meditación del santo Evangelio
• La frecuencia a los santos Sacramentos
A estos, yo agregaría:
• La práctica de la humildad
• La devoción a la Santísima Virgen María
Siendo estos temas —que en general deben ser vividos por el pueblo de Dios que ha de buscar con asiduidad la santidad—, permítanme tratarlos con algunas luces que nosotros como exorcistas debemos observar.

Oración

Cuando hablamos de oración, tenemos que entendernos como “hombres de oración”. San Pedro de Alcántara decía que debemos de tener al menos dos horas de oración.

Si revisamos el evangelio y la vida de Jesús, nuestro maestro, vemos que Jesús pasaba las noches en oración (Lc 6, 12), esto lo mantenía fuerte. Nosotros no debemos pensar que podremos ahuyentar al enemigo de la “natura humana” si no somos hombres de oración.

Es necesario que el exorcista pase, como diría santa Teresa, “largas horas en oración...”; de manera que el misterio de Dios transforme su corazón y lo llene de fuerza y sabiduría.

Como parte de esta sabiduría necesaria para el exorcismo, si nosotros somos asiduos y lo pedimos, el Señor no nos negará el don de “discernimiento de espíritus”, como lo presenta san Pablo en su carta a los Corintios (1 Cor 12, 10).

Esta sabiduría es importante para poder ayudar a los hermanos en dificultad y saber qué es lo que está pasando en él, incluso desde las primeras entrevistas.

Para quienes no están dedicados a este ministerio de forma completa, sino que lo tenemos que compartir con otros encargos, sobre todo quienes además tienen el oficio de párrocos, el tema de la vida espiritual puede ser realmente complicado e, incluso una trampa muy sutil de Satanás para hacer ineficaz nuestro ministerio.

Esto lo refiero a que se ha hablado hoy mucho de la “Espiritualidad pastoral”, en donde se pretende que nuestro trabajo pastoral compense el tiempo de oración, de “exclusividad con el Señor”. Hermanos, nuestras eucaristías —y todas las labores que como pastores debemos hacer—, en mi opinión, no suplen la intimidad diaria con el Señor. Considero que esto es una trampa que ha llevado a muchos hermanos en el ministerio a abandonar la oración personal, y con ello la vida de santidad; a muchos los ha llevado a no tener, ni siquiera, el rezo de la liturgia o a hacerlo de forma apresurada, como quien tiene que cumplir con una obligación. Esto destruye, o al menos limita mucho, la posibilidad y capacidad de luchar con el demonio, especialmente en los casos más complicados.

La oración es fundamental en la vida sacerdotal; forma parte de nuestro ministerio, pues es lo que permite al Espíritu Santo configurarnos con Cristo, y da como resultado una profunda conversión.

Debemos ser concientes de que, como decía al principio, nuestra lucha es contra las potestades celestes, y que el demonio va a buscar con todos los sacerdotes —pero sobre todo con nosotros exorcistas—, llevarnos a la mundanidad. Su ataque es persistente y despiadado. Lo hace espacialmente con la tentación: pensamientos, oportunidades para regresar y adaptarnos al mundo. Su insidia la conocemos bien, y no son pocos los sacerdotes, e incluso exorcistas, que viven una doble vida, si no de pecado grave, sí de mundanidad.

Todo esto es resultado de una oración tibia, ya que la falta de intimidad con Dios nos priva de su luz para discernir estos pensamientos y así guiarnos silenciosa y lentamente a una vida lejos del poder de Dios.

Los antiguos maestros de oración del desierto advertían a sus discípulos sobre este terrible mal y los prevenían para estar alerta. Les enseñaban que en la oración se había de preguntar a cada pensamiento que llegara a sus mentes: “¿de dónde vienes? ¿Quién te mando? ¿Qué quieres?”

Toda esta luz viene de nuestros largos ratos de oración. Recordemos que la peor situación que hoy viven nuestros presbíteros es la terrible mundanización, que nos hace pensar y sentir como el mundo, perdiendo la dimensión espiritual.

No nos engañemos ni dejemos que el demonio nos engañe. Es tan astuto el enemigo que, para ayudar a que el exorcista se mundanice, hace la finta en los exorcismos de que se va, que el exorcista tuvo éxito, pero ni se va y sí hace que la vanidad de éste crezca. De esta forma lo hace pensar “lo vencí y puedo seguir siendo como soy”.

En ocasiones, el exorcismo se realiza, no por la santidad del sacerdote, sino porque el demonio le está apostando a la perdición eterna del sacerdote. Conozco de un caso de quien fuera un excelente sacerdote, con grandes dones de sanidad y poder sobre los espíritus inmundos. Poco a poco fue dejando su oración; fue creciendo su popularidad; era llamado a los encuentros para que predicara, para que sanara, etc. Sin embargo, llegó al extremo de haber tenido relaciones sexuales poco antes de realizar una extraordinaria sanidad en una muchacha —la cual no me extraña que haya sido realizada por el mismo demonio—. Hace ya mucho tiempo que no lo veo... he pedido mucho al Señor por él, para que regrese al camino. Pero vivía engañado y caminando en las sendas de la oscuridad del Tenebroso.

San Pacomio, uno de los grandes maestros de oración y de vida espiritual del desierto, decía:
“Cuando me veía afligido por las tentaciones infernales, huía cerca de Dios derramando lágrimas con humildad, con ayunos y noches de vigilias, entonces el adversario y todos sus espíritus quedaban impotentes frente a mí, el ardor divino venía a mí y de repente reconocía el auxilio de Dios, porque en su clemencia da a conocer a los hijos de los hombres su fuerza y su bondad”.
Oren, oren —decía Jesús a sus apóstoles—, para que no caigan en la tentación. (Mt 26, 41).

Ayuno

Si he dicho que este tema de la “espiritualidad pastoral” ha llevado a muchos hermanos sacerdotes a dejar o debilitar fuertemente su oración, en lo que toca al ayuno, podemos esperar que éste, como en la generalidad de la Iglesia, se haya prácticamente perdido.

Pensemos que la Iglesia nos invita a ayunar sólo dos veces al año, y con un ayuno que, perdónenme la expresión, me parece casi ridículo. Porque desayunar un vaso de leche con pan o un café, comer menos de lo que se come normalmente (dícese una comida ligera) y cenar otro vaso de leche con pan y café, no creo que en la mayoría de los casos cumpla con el cometido de la práctica del ayuno.

Este tema del ayuno también se ha contaminado con la idea de quitarnos lo que en realidad sería el producto del ayuno, por ejemplo, televisión, cigarro, etc.; se busca con el ayuno erradicar —CON NUESTRAS FUERZAS—, lo que solo la gracia de Dios puede hacer.

Y así vemos que en ciertos exorcismos, el exorcista piensa que por gritarle mucho y muy fuerte al enemigo éste se “asustará” y saldrá corriendo ante sus gritos. Ha olvidado que lo que lo expulsa es el Espíritu Santo, obrando con poder en nosotros.

Basta con una orden autoritativa para que esto se realice, como lo vemos generalmente en Jesús, y en el caso que referimos al principio de san Pablo que con una sola orden exorcizó a aquella muchacha. Y es así que una orden dada por Jesús, el Señor, a través del exorcista, sin necesidad de gritos ni alardes, el demonio deja a la persona: En el nombre del Señor, yo te lo ordeno: “sal fuera”. Y el demonio OBEDECE la voz de mando del Señor, pero sólo la de él.

El ayuno debemos de entenderlo cabalmente como: privar del alimento a nuestro cuerpo, ya que esto misteriosamente nos abre a la presencia de Dios y algo misterioso ocurre en nosotros.

Nos abre a una luz especial que permite discernir con mayor claridad las luces de Dios; es algo miserioso que no puedo ni siquiera explicar, solo sé que así es.

Por otro lado, nos da dominio sobre nosotros mismos al irnos haciendo padrones de nuestras propias pasiones, ya san Pablo decía que le cristiano tiene crucificadas sus pasiones (Gal 5, 23) y que para dominarlas “golpea su cuerpo y lo somete a disciplina” (1 Cor 9, 27).

Esta es una de las razones del por qué, una vez terminado el martirio cruento, los hombres de Dios, que serán los padres del desierto a quien acudirá la Iglesia para el consejo espiritual, así como para la lucha contra el demonio, “crucificaban su carne” por medio del ayuno. En ellos se abría un desierto interior ante el cual retrocedían tanto la civilización como los demonios, se abría un espacio vacío para la fe, la bienaventuranza y el milagro. Este ejercicio, como a Jesús, les permitía vencer las tentaciones y con ello superar la servicia del demonio (Mt 4, 1-11), lo cual nos constituye en campeones en esta lid, para beneficio de sus hermanos.

La Palabra de Dios

El amor nace del conocimiento, por eso, en la biblia, conocer tiene el sentido de intimidad.

El exorcista necesita conocer bien a su enemigo, pero sobre todo necesita conocer bien a Dios: su poder y su amor. Su proyecto de vida debe estar orientado y dirigido por ese conocimiento.

La Biblia es un medio único y definitivo para conocer a Dios.

Desafortunadamente en muchos casos entre nosotros, especialmente entre los estudiosos, no es le medio para establecer una relación con Dios, sino para ESTUDIARLO. Y la verdad es que hay mucho que estudiar, aunque este caso, para nosotros, sirve de poco.

Por ello, los hombres de oración, los anacoretas, dedicaban muchas horas para “conocer” a Dios. Se trataba de una lectura MUCHO MÁS RIGUROSA DEL EVANGELIO. Como quien busca establecer una relación; conocer más, que con la mente, con el corazón. Es dejarse impregnar por el misterio de Dios inmerso en las Santas Escrituras. Es dejar que el espíritu de quien la escribió, el Espíritu Santo, se incube en el fondo del alma, para a su tiempo reproducir al Hombre Nuevo: Al “Alter Christus” que luchará contra el enemigo de Dios y del hombre.

El demonio no puede resistir la Palabra de Dios; ¿cuántas veces nos dice durante el exorcismo: “ya cállate... esta palabra me lastima”? Esta Palabra, como ocurría con Jesús, tiene el poder de expulsar a los demonios. El exorcista, por tanto, debe ser un hombre asiduo a la meditación, adquiriendo de la Palabra de Dios el poder divino.

Esta Palabra, asimilada en el corazón, además se convierte para nosotros en la coraza, en el arma para defendernos nosotros mismos en el combate de la lucha cotidiana que enfrentamos, de manera especial, nosotros que somos los guerreros de Dios. San Pablo, en las armas del Espíritu, nos la revela como “la espada” (Ef 6, 10-17). ¿Qué puede hacer un hombre en un combate sin un arma con la cual defenderse y atacar a su oponente?

Cuando la Palabra se ha asimilado en el corazón, y ésta lo llena todo, difícilmente los ataques del enemigo tendrán resultados. “La casa bien resguardad —decía Jesús—, es difícil de ser allanada (Mc 3, 27).

Los Sacramentos

Uno de los sacramentos que más se descuidan hoy entre nosotros los sacerdotes es la confesión frecuente. Pensamos —y creo que en general así sea—, no vivimos en pecado mortal. Pero para quien va a guerrear contra el príncipe de las tinieblas, su alma debe estar en condiciones de resistir el embate.

Recordemos las palabras de Pablo: “El salario del pecao es la muerte” (Rom 6, 23), y no se refiere sólo al pecado mortal, sino a todo pecado. Recordemos que todo pecado, como nos lo dice san Juan, procede del demonio. Por ello no podemos compartir nada con él; no podemos permitir en nosotros sombras y mucho menos oscuridad. Esto dificultará todo nuestro ministerio.

El exorcista debe confesarse idealmente, al menos, una vez a la semana. Sabemos que para nosotros, quien no tiene vicario y una vida agitada en la parroquia, esto puede ser difícil, sin embargo, no debe pasar un mes sin acudir al hermano sacerdote para, con humildad, confesarnos de nuestras pequeñas faltas.

Yo acostumbro confesarme, al menos, una vez al mes, y cuando tengo un caso más serio, en esa misma semana antes del exorcismo.

En el sacramento nos sentimos pobres, necesitados de Dios; sale a flote nuestra miseria, y Dios muestra su fuerza en nuestra debilidad, como lo dice el apóstol (2 Cor 12, 9), por eso nos gloriamos de nuestras debilidades, pues permitirá a Dios actuar con gran poder a través de nosotros.

Cultivo de la humildad

El mundo de hoy pretende llevar al sacerdote a llenarse de muchas cosas, con lo que logra sacar a Dios del corazón. El corazón no se divide: o está lleno de Dios, o del mundo; por eso decía Jesús: "no se puede servir a dos amos" (Mt 6, 24).

Hoy vivimos con esta continua propuesta, que ya no vemos como mala sino como “JUSTA”, a todo nuestro trabajo, ¿y esto quiere decir que no podemos descansar? ¡NO! ¿Que no podemos tener un automóvil? ¡NO! ¿Que no podemos tener comodidades? ¡NO! Quiere decir simplemente que tenemos que estar desapegados de todo y de todos. Poder decir con san Pablo: “he aprendido a vivir en la abundancia y en la escasez" (Fil 4, 12-13), solo Dios basta.

Este es un trabajo arduo en le mundo de hoy para nosotros los sacerdotes diocesanos: es vivir en un paraíso buscando que éste se convierta en un desierto, que es desde donde nace la victoria, como en el caso de Cristo.

Para lograrla, es necesario ejercitarse continuamente, buscar los últimos lugares y rechazar los honores, como lo decía Jesús (Lc 14, 7-11); aceptar con agrado el desprecio de la gente (Mt 5, 11). Es convertirnos en un tubo vacío —valga la expresión—, por donde pueda bajar con facilidad la gracia de de Dios al corazón de los hombres.

Es así y sólo así como el demonio, en el momento de la lucha, encuentra un corazón como el de María: simple, atado a Dios, de quien esperó todo. Quien renuncia a su independencia para hacerse completamente dependiente de Dios, permite que el flujo amoroso del amor y el poder de Dios fluya por él como la sabia corre por el árbol (Jn 15, 5). Debemos mantener siempre en nuestro corazón que sin Él nada somos, nada tenemos y, sobre todo, nada podemos. Nuestra fuerza y poder viene de estar unido a él: el ser rama, no tronco.

Si algo no pude soportar el demonio es precisamente la humildad, pues ésta se opone a su naturaleza soberbia y prepotente.

San Pacomio escribía a uno de sus monjes:
“En cuanto al hombre que ha adquirido la humildad, se juzga solo a sí mismo, diciendo: 'Mis pecados sobrepasan los de los demás', no juzga a nadie, no condena a nadie. ¿Quién eres tú para juzgar a un siervo que no es tuyo?Al que está caído, en efecto, su Señor tiene el poder de hacerlo levantar (Rm 14, 4). Vigila sobre ti mismo, hijo mío, no condenes a ningún hombre, gusta de todas las virtudes y custódialas”.
Quien ha renunciado a si mismo para depender de Dios, en le momento de la lucha le permitirá al Poderoso, al que tiene poder para erradicar al maligno del corazón del hombre, actuar con gran poder y soberanía. Esto no se logrará si no nos ejercitamos en la humildad, en la total dependencia de Dios, renunciando a ser nosotros para volverle a dar al Único que ES, su lugar en toda nuestra vida.

Hermanos, creo no haber dicho nada que no sepamos; sirva todo esto sólo como guia de repaso para mantener el corazón encendido y la voluntad aferrada a alcanzar la santidad que Dios nos pide, no solo para erradicar al maligno de nuestros hermanos, sino para ser realmente imagen de aquel a quien, por la ordenación sacerdotal, personificamos entre nuestros hermanos y con cuyo poder actuamos en todo momento.

La devoción a la Santísima Virgen María

Quisiera finalizar, para decir una palabra sobre nuestra Madre Santísima, citar a san Bernardo, que nos dice que: “jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a María Santísima, implorando su protección y asistencia, y reclamado su auxilio, haya sido abandonado de ella”.

La devoción a la Santísima Virgen María nos da la seguridad que, en medio de la tormenta, en medio de la lucha, contaremos con los auxilios necesarios para vencer al enemigo y, sobre todo, para que éste no tenga poder contra nosotros.

En una entrevista que le hicieron al P. Amort, en España, le preguntaban que si no tenía miedo cuando realizaba los exorcismos, y él contestó: “Estoy bien protegido por la Madona. Ella siempre me cuida y no tengo miedo”.

Honrarla en sus fiestas, venerarla con sus oraciones y en sus representaciones artísticas, cantarle, buscar ser, como nos lo pidió Jesús, un verdadero hijo para ella, y con ternura tenerla en nuestro corazón como si fuera su propia casa (Jn 19, 27), es el camino para establecer con ella una relación tan sólida y cálida que le permite a ella entrar con facilidad al ámbito de nuestra vida y, como madre amorosa, actuar como lo hace una verdadera madre: cuidando y protegiendo al hijo de todo peligro y tentación.

Es por ello que san Bernardo termina su oración diciendo:
Animado con esta confianza, a ti también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes! y, aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a aparecer ante tu presencia soberana. No desechéis, ¡oh Madre de Dios!, mis humildes súplicas, antes bien, inclina a ellas tus oídos y dígnate atenderlas favorablemente. Amén.
Que nuestra Madre Santísima, la Siempre Virgen María, nos conceda constantemente su protección y amparo para ser un instrumento dócil —como lo fue ella en la construcción del Reino de los cielos—, y en los momentos del combate nos sostenga como lo hizo al pie de la cruz con su querido Hijo, para quien sea todo el poder, el honor y la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

Ernesto María Caro, Sac.
13 de Julio del 2009

Contenido
© S I S E - 2017  |  info@sise.org.mx
tn